
Giardini de la Bienal de Venecia. La Biennale di Venezia
¿Puede el arte separarse de la política?
En este número hablamos de cómo la Bienal de Venecia se convirtió en la exposición de arte contemporáneo más influyente del mundo, por qué sus pabellones nacionales reflejan jerarquías históricas y cómo la edición 2026 quedó marcada por tensiones geopolíticas, la renuncia inédita de su jurado internacional y el debate sobre el papel político del arte contemporáneo.
Gisela Madrigal Olivares
Pabellones, representación y jerarquías

Arsenale. La Biennale di Venezia.

Arsenale Corderie. La Biennale di Venezia.

Arsenale Gaggiandre. La Biennale di Venezia.
Fundada en 1895, la Bienal de Venecia es la exposición internacional de arte contemporáneo más antigua del mundo. La edición 2026 es la 61ª exposicón y reúne a 99 países y más de 100 participaciones nacionales distribuidas entre los Giardini, el Arsenale y distintos espacios de Venecia.
La Bienal funciona bajo un sistema de pabellones nacionales: cada país presenta artistas y proyectos curatoriales propios frente a una audiencia internacional integrada por museos, galerías, coleccionistas, curadores y prensa especializada.
Su estructura también refleja jerarquías históricas. Los países con mayor influencia política y económica durante el siglo XX obtuvieron pabellones permanentes dentro de los Giardini, el núcleo histórico de la Bienal. Muchos otros países participan desde sedes temporales dispersas por la ciudad, una diferencia que todavía evidencia desigualdades de representación dentro del sistema internacional del arte.
El poder cultural de la Bienal

Pabellón Nacional de Francia. La Biennale di Venezia.

Pabellón Nacional de Estados Unidos. La Biennale di Venezia.

Pabellón Stirling. La Biennale di Venezia.
La Bienal es uno de los principales mecanismos de validación institucional del arte contemporáneo. Participar puede transformar la trayectoria de un artista, aumentar su visibilidad internacional y consolidar su presencia en museos, galerías y colecciones.
Pero su relevancia también es política. La Bienal opera como una forma de soft power cultural: los países utilizan sus pabellones para proyectar identidad, influencia y posicionamientos culturales frente a una audiencia global.
En Venecia, el arte contemporáneo funciona también como diplomacia. Los pabellones se convierten en espacios donde los países construyen narrativas sobre historia, territorio, memoria, conflicto o identidad nacional.
La edición 2026

Pabellón de Rusia. AP/Antonio Calanni.

Manifestantes para la exclusión de Israel y Rusia. Getty Images. Simone Padovani.

Pabellón de Israel en 2024. AFP Gabriel Bouys.
La edición 2026 estuvo marcada por una fuerte tensión política. La participación de Rusia e Israel provocó protestas, cartas abiertas y manifestaciones dentro y fuera de la Bienal, en medio de los conflictos en Ucrania y Gaza. Rusia regresó a la Bienal después de haber estado ausente desde la invasión de Ucrania en 2022, mientras que Israel volvió tras mantener cerrado su pabellón en la edición anterior.
La controversia aumentó cuando el jurado internacional renunció colectivamente, un hecho sin precedentes en la historia de la Bienal. Los integrantes cuestionaron públicamente la participación de países cuyos líderes enfrentan investigaciones internacionales relacionadas con crímenes de guerra y violaciones a los derechos humanos.
Tras la renuncia, la Bienal sustituyó temporalmente el sistema tradicional de premios. Los históricos Golden Lion y Silver Lion serán definidos este año mediante votación del público bajo un nuevo formato llamado Visitors’ Lions.
La crisis abrió nuevamente una pregunta central para la Bienal: hasta qué punto el arte contemporáneo puede separarse de la política dentro de una exposición construida precisamente a partir de representaciones nacionales.
La edición también quedó marcada por la ausencia de Koyo Kouoh, curadora de la exposición central In Minor Keys, fallecida antes de la inauguración. Kouoh fue una de las figuras más influyentes del arte contemporáneo africano y la primera mujer africana en dirigir la muestra principal de la Bienal. Su visión curatorial fue desarrollada por su equipo tras su fallecimiento.
El pabellón de México
María Sosa y Noé Martínez. INBAL.
Pabellón de México 2026. Genaro Lozano.
Jessica Berlanga. INBAL.
En 1950, México participó por primera vez en la Bienal de Venecia con obras de David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, Diego Rivera y Rufino Tamayo. Ese mismo año, Siqueiros recibió el Primer Premio para artistas extranjeros, uno de los primeros grandes reconocimientos internacionales para el arte moderno mexicano.
En la edición 2026, México presenta Actos invisibles para sostener el universo, del colectivo RojoNegro, integrado por María Sosa y Noé Martínez. El proyecto es curado por Jessica Berlanga, curadora y escritora mexicana, actual directora de la Stuart Collection en la Universidad de California, San Diego.
La propuesta aborda la memoria ancestral, la justicia epistémica, la descolonización y la ecología relacional. Su punto de partida son cosmogonías indígenas, afrodescendientes y campesinas, entendidas no como referencias externas, sino como formas vivas de pensamiento que estructuran modos de creación, vínculo e imaginación.
Más que presentar una lectura folclórica del territorio, el pabellón mexicano propone pensar otras formas de conocimiento y relación con el mundo. En diálogo con el eje curatorial de la Bienal, In Minor Keys, el proyecto sitúa la memoria, el cuerpo, el ritual y la comunidad como herramientas para imaginar otras maneras de sostener la vida colectiva.
Destacado
En exhibición
David Rodríguez

Artista plástico mexicano, originario del Estado de México, cuyo trabajo explora y preserva la identidad mexicana a partir de un lenguaje visual que remite a tradiciones prehispánicas. Su obra abarca escultura, grabado, muralismo y tatuaje, y se centra en la creación de imágenes con cualidades ancestrales, donde las modificaciones corporales aparecen como símbolos de pertenencia, memoria y continuidad cultural. Desde un profundo respeto por las culturas originarias, su práctica busca mantener viva su esencia en el presente, entendiendo el arte como un puente entre pasado, presente y futuro.
Formado en las escuelas FARO, ha participado en proyectos relevantes como la reproducción a escala real del monolito de Tláloc. Su trabajo se ha exhibido en diversos espacios culturales, entre ellos el Museo Comunitario Quetzalpapálotl en San Juan Teotihuacán, la Casa de la Cultura de Texcoco y Casa Maha en Chimalhuacán. Además de su producción artística, ha participado en actividades académicas y culturales vinculadas a la reflexión sobre la identidad y las prácticas corporales como símbolos culturales.





