No.2 Invertir en arte:  ¿funciona como otros activos?

No.2 Invertir en arte: ¿funciona como otros activos?

El arte se integra a estrategias de inversión y se valora bajo criterios propios.

Gisela Madrigal Olivares

En este número, exploramos la incorporación del arte a las estrategias financieras: cómo se analiza, qué implicaciones tiene pensarlo como activo y cuáles son los límites de esa lectura.

El interés por el arte como inversión ha crecido en paralelo a la expansión del mercado global. El crecimiento del mercado global, el desarrollo de índices especializados y la entrada de nuevos perfiles de compradores han reforzado su lugar dentro de la gestión patrimonial.

Revisamos qué dicen los datos, cómo se mide el rendimiento y qué factores condicionan su valor, desde una visión que reconoce que, incluso cuando el arte se integra en un portafolio, su valor se construye también fuera de él.

El arte como activo

El interés por el arte como inversión ha crecido en paralelo a la expansión del mercado. El arte se incorpora en ciertas estrategias patrimoniales como un activo con dinámicas propias en términos de liquidez, costos y formación de valor. Este comportamiento lo sitúa en un lugar particular dentro del mercado.

En el ámbito global, la recuperación reciente ha estado impulsada en parte por la actividad en segmentos de alto valor. Las subastas públicas registraron un crecimiento cercano al 9% en 2025, impulsado por la circulación de obras de alto precio.

En el lenguaje financiero, el arte se clasifica como un alternative asset: un activo que no forma parte de los instrumentos tradicionales y que puede incorporarse a un portafolio con fines de diversificación. Su atractivo radica en su comportamiento frente a otros mercados. Ha mostrado baja correlación con activos financieros, especialmente en el corto plazo o durante episodios de volatilidad, lo que permite considerarlo una herramienta potencial de cobertura.

Esa comparación no es del todo directa. El arte no genera flujo: no paga dividendos ni intereses, y su rendimiento depende de la apreciación del precio. Además, incorpora costos que otros activos no enfrentan —almacenamiento, seguros, transporte, conservación y comisiones—. Tampoco es un activo estandarizable. Cada obra responde a una combinación irrepetible de variables —autor, procedencia, técnica, contexto y validación institucional—, lo que implica que cada transacción se evalúa bajo condiciones únicas.

Qué dicen los datos

El análisis del arte como inversión se apoya en índices construidos a partir de resultados de subastas, como Mei Moses, que permiten observar la evolución de precios en el tiempo. Estas herramientas utilizan metodologías como la comparación de ventas repetidas o el análisis de variables —autor, técnica, fecha— para estimar el comportamiento del mercado.

El rendimiento del arte ha sido estimado en torno al 4% anual real en el largo plazo, a partir de datos de subastas y modelos econométricos (Frey y Cueni, 2013). En muchos periodos, estos niveles se sitúan por debajo del mercado accionario, aunque pueden ser comparables a los de bonos.

Sin embargo, los resultados no son consistentes. Algunos análisis muestran rendimientos más bajos, que en ciertos periodos incluso quedan por debajo de la inflación (Boyer, 2011). Las diferencias dependen del momento analizado, el tipo de obra y la metodología utilizada.

A esto se suma un problema metodológico central. La mayoría de los índices se construye a partir de obras que regresan al mercado. Al corregir este sesgo de selección, el rendimiento estimado se reduce de forma significativa —por ejemplo, de 8.7% a 6.3% anual—, lo que indica que los datos tienden a sobreestimar el desempeño agregado (Korteweg et al., 2015). Las obras que se revenden no son una muestra neutral: aquellas con mayores ganancias o mayor liquidez tienen más probabilidad de reaparecer en subasta.

Los límites de pensar el arte como inversión

Las condiciones del mercado del arte responden a una estructura distinta. Es un activo ilíquido: las transacciones requieren tiempo y no siempre existe una demanda inmediata al precio esperado. A esto se suma una estructura de costos elevada. En subastas, la suma de comisiones de compra y venta puede situarse entre 10% y 25% del valor de la obra, lo que impacta directamente en la rentabilidad efectiva. La información, además, es limitada y desigual, lo que favorece a quienes cuentan con mayor conocimiento del mercado.

El comportamiento del arte frente a otros activos requiere matices. En el corto plazo, sus precios pueden moverse de forma distinta a los mercados financieros, como el accionario, lo que aporta cierto nivel de diversificación. Con el tiempo, esta diferencia tiende a reducirse: el arte puede verse afectado por las mismas condiciones económicas generales, lo que limita su capacidad para amortiguar pérdidas en periodos de caída. Este comportamiento tampoco es uniforme dentro del propio mercado del arte. Algunos segmentos, como pintura y escultura, han mostrado mayor estabilidad relativa frente a otros tipos de obra (Dimitriou et al., 2025).

Esta diferencia se vuelve más clara al observar cómo se construyen los datos. Cuando se analiza el mercado en su conjunto —sin distinguir entre tipos de obra, segmentos o niveles de calidad— los resultados tienden a ser menos favorables desde una perspectiva de inversión. El valor financiero, cuando existe, suele concentrarse en selecciones más específicas: ciertos artistas, periodos o categorías, más que en el mercado en general. El arte puede integrarse en una estrategia patrimonial, aunque su comportamiento no sigue de forma constante los criterios de liquidez, eficiencia o protección asociados a otros activos financieros.

Más allá del rendimiento

El valor del arte abarca más que su desempeño como activo. Junto al rendimiento financiero, existe un componente no monetario asociado a la experiencia de poseer y convivir con una obra, definido como psychic return.

Este componente forma parte central de la decisión de coleccionar. La relación con una obra se construye a partir de su contexto, la intención del artista y la trayectoria que la sostiene. Estos elementos transforman la manera en que la obra es percibida y amplían su valor.

El arte también se desarrolla en el tiempo. A medida que el artista profundiza su práctica y la obra circula en exposiciones, colecciones y discursos críticos, su significado se expande. El valor se construye y se reconfigura en ese proceso.

En este sentido, coleccionar arte implica una forma de participación. Supone comprender, interpretar y dar continuidad a ese recorrido. El valor se sitúa en la intersección entre conocimiento, experiencia y contexto.

Expansión hacia lo digital

La lógica del arte como activo se ha extendido al ámbito digital. Los NFT introducen una infraestructura que permite registrar propiedad, autenticidad y trazabilidad en blockchain. Su adopción ha sido más visible en el arte digital, pero también se vincula a obras físicas como registro de procedencia o certificación.

Lo que cambia es la forma en que el valor circula. La tecnología facilita transferencias más rápidas, mayor visibilidad de las transacciones y nuevos modelos de intercambio, lo que refuerza la lectura financiera del arte.

El valor, sin embargo, no se redefine en lo técnico. Incluso en sistemas donde la propiedad es verificable y las transacciones son transparentes, una obra sigue dependiendo de su relevancia cultural, su contexto y la legitimidad que adquiere dentro del ecosistema artístico.

La tecnología modifica el soporte, la trazabilidad y la circulación. La pregunta por el valor permanece.

El arte puede integrarse como inversión. Los datos muestran rendimientos, riesgos y límites; el mercado introduce fricciones. Nada de esto agota lo que una obra representa. Su valor se construye en la intersección entre mercado, contexto y experiencia.

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Christian Becerra

El trabajo de Christian Becerra parte del lenguaje del dinero para explorar cómo se construye el valor. A través de billetes, documentos y símbolos monetarios, sus obras abren una reflexión sobre los sistemas que lo definen, lo legitiman y lo hacen visible.

Sus piezas transforman el dinero en materia visual. Mediante procesos de intervención y reconfiguración, convierten un símbolo económico en un lenguaje que articula ideas sobre identidad, poder y economía contemporánea.

Explora sus obras y escucha al artista hablar sobre su proceso y las ideas que atraviesan su trabajo.

Referencias

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